tránsito from Rodrigo Villanueva on Vimeo.
Corto documental realizado para el concurso Shortdocs que organiza el Festival de Documental Internacional de Barcelona.
Grabado íntegramente con un iPhone 4.
tránsito from Rodrigo Villanueva on Vimeo.
Corto documental realizado para el concurso Shortdocs que organiza el Festival de Documental Internacional de Barcelona.
Grabado íntegramente con un iPhone 4.
Se apagan todas las bombillas
y en mitad del apagón
salimos solos de la casa.
Estallan todas las farolas
y en mitad del apagón
corremos ciegos por las calles.
Se consumen todas las hogueras
y en mitad del apagón
huimos a oscuras por la orilla
Se matan todas las luciérnagas
y en mitad del apagón
cruzamos la negra ánima del bosque
Se funde la única luna
y en mitad del apagón
saltamos sin ver los charcos de la tundra
Y en mitad del apagón
nos paramos un momento.
Tú y yo a ciegas frente a un lago.
No nos vemos,
nos miramos y
bailamos sobre un suelo negro
mientras se apagan las estrellas
Cuentan que es así y
yo lo he visto.
Lo juro.
Juro que
en su barrio hasta los perros son más feos.
En su calle las alondras tienen cuernos y
en su acera, cuerpos sin vida se abrazan,
se agitan, suplicando a los cuervos
que sean los gusanos de sus lenguas,
los que escupan el último te quiero.
Que por dos monedas de plata
te conduce Caronte hasta el portal
Que las cabezas del Cerbero
se dentellan por pasar.
Que aúllan las tres hacia dentro,
engañadas y perdidas,
creyendo que aún custodian
unas puertas más antiguas
del grandioso y viejo infierno.
Juro que
vive en ese espacio tras el muro
alimentándose del odio y de la carne
del rencor y de la sangre vertidos por
sus garras.
Lo que levantó a los muertos.
Lo que desató la ira de
las plagas y
forjó este espejo del diablo mundo.
Ese monstruo, bruja, demonio o furia
duerme entre nosotros y aún respira
sudando dolor, desespero y ruina.
Sabed que
las alondras, Los gusanos y los cuervos.
Cerbero, Caronte y los muertos
son matices, sutiles avisos negros
pero peregrino, caminante o viajero.
¡Huye!
y pon tu vida a salvo
si ves que en algún barrio
hasta los perros son más feos
Cuento que es así y
que todos lo han visto.
Lo juro.
Anda perdido un jinete en la llanura manchega. Un ingenioso hidalgo nacido en la montaña, que lleva los años pesando en la espada y el cansancio en la armadura.
Y en mitad de su andadura atraviesan el horizonte figuras de piedra quejumbrosas; treinta o cuarenta molinos de viento que crecen al ritmo que el solitario cruzado avanza los campos. Es al verlos que el destello de la demencia cruza los ojos del viejo, estira las arrugas de su arrogante valor y azuza a la montura de su ideario de novela.
Y así el hidalgo enloquecido cabalga lanza en ristre y rostro embozado. Avanza hacia el inmóvil gigante blandiendo su estandarte mientras grita al viento y al molino “Euskadi ta askatasuná”.
Nunca se me harán largas
tus noches viviendo a piel y agua,
las noches que me paso bebiendo
en los surcos de tu savia, amordazado
con las comisuras de tus labios, atado
a la pata de tu almohada, dormido
en el suelo de tu cama.
Que no es bueno lo bueno si es dos veces
Que es mejor volar tu cuerpo si son tres
Derretir la melaza que cubre estas paredes y
Dejarte desnudar por nueve canciones
escogidas por suspiros al azar.
Nunca me dejes huir fuera de
esta celda, de noventa por dos.
Nunca me dejes volver a ver la luz del sol.
No me libres de esta jaula en la que
araño los barrotes de tu espalda.
No me saques de este zulo en el que
apenas cabe uno,
donde sudamos siempre dos.
No comentaron el final de la película; ni siquiera lo vieron. Se quedaron juntos en el espacio que hay entre las butacas. Sin ojos para más que para oler la piel del otro.
En aquel instante les dio igual el final. No les corría prisa acabar porque lo sabían, como todos. Estaban seguros de que el sudor se secaría, que su piel dejaría de oler y que aquel final, como todos, lo verían otro día.
Estaban seguros de que esta acabaría igual que todas las historias.
FIN.
Y sucede que ahora me paso contando los días,
viviendo las noches versado en las calles
de una Ciudad de Sylvias que
enseñan las piernas antes que los dientes;
y sé que ya no tengo todas conmigo
y sé que ya ni todas sin tí.
Y sucede que ahora cabalgo ciego, sin cabeza,
a lomos de un corcel de madera.
Que no siento si hago daño.
Que no siento si me hieren.
Que lo siento si hice daño.
Que la vida ya no duele.
Y sucede que desde que viví el desigual retorno
a la soledad del escritor de fondo
busco entre las letras,
en el hueco que hay entre tu punto
y mi aparte,
la manera de aprender a olvidarte.
Os hablo de
la flacucha que me enseñó los primeros suspiros,
la loca que no estaba loca, sólo enamorada,
la chica triste que cambió regaliz por mis dedos,
la Afrodita que no era perfecta pero era una diosa,
la flor que robé en un agosto de un jardín descuidado,
la indómita que no me quiere sin odiarme y me odia más que a nada,
la sueca madrileña a la que dediqué el primer bolero,
la filóloga que nunca leyó el libro que se escribía en mi boca,
la chamaca que tumbó Madrid boca arriba en El Retiro,
la psicóloga que trenzada a mis piernas hablaba de Kant,
la porteña que secuestró su cuerpo en mi casa,
la bailarina que me robó una noche el cuarto,
la rubia que se quedó un pedazo de mí,
la morena que me quiso esperar sin esperar nada a cambio,
la isleña postiza que vino con un par de botas, un Oscar y un Rock n’ Roll,
Las amé a todas a una y
las perdí en ciento volando
por esta Ciudad de las Mujeres que hay
entre Borgo y Roma;
entre Torrelodones y Barcelona.
Y aunque la ciudad caiga que quede el recuerdo.
Que al menos una canción quede, un cartucho, una bala.
Que al menos quede una mujer.
Vista desde las escaleras del fondo de la estación de metro, la composición del cuadro era muy equilibrada, casi renacentista. Tú estabas en el centro, mirando hacia la pared dónde vomitaba tu amigo y yo te miraba a ti, desde las líneas amarillas que marcan el paso hacia las vías. La inmóvil escena duró apenas segundos y las decisiones se sucedieron tan rápidas que no hizo ni valer la pena arrepentirse de ellas. Tú te quedabas en el centro por no arruinar el cuadro; por no arruinarlo todo. Mi cuerpo tomó la decisión antes que yo y fue mi pie el que subió al vagón antes de que me diera cuenta.
Quedarme en aquel andén hubiera hecho que la decisión de dejarme tuvieras que tomarla tú. Y creo que yo no quería eso. Quizá no quería perder el poco poder que me quedaba sobre ti; quizá pensaba que forzándote sobre tu propio eje haría que estallaras de rabia y decepción mientras sonaba el cierre de las puertas y me veías desaparecer en el túnel. Quizá no me equivocaba.
Quedarme en aquel andén hubiera supuesto que no pudieras reprocharme nada. Hubiera supuesto no hacer el transbordo hasta la línea cuatro y no haber entrado a la discoteca.
Por eso cuando te volví a ver y nos cruzamos en un tren camino de una rutina desigual nos sentamos en vagones distintos. Nos miramos en sentidos distintos y no hablamos por no hacerlo más insoportable.
Por eso las decisiones que se toman en lo que tarda en salir el metro no siempre son las acertadas.
Una vez me cruzé una chica con el pelo tan rubio y los ojos tan azules que decidí probar suerte.
Más tarde aprendí que la suerte no bastaba.
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