Os hablo de
la flacucha que me enseñó los primeros suspiros,
la loca que no estaba loca, sólo enamorada,
la chica triste que cambió regaliz por mis dedos,
la Afrodita que no era perfecta pero era una diosa,
la flor que robé en un agosto de un jardín descuidado,
la indómita que no me quiere sin odiarme y me odia más que a nada,
la sueca madrileña a la que dediqué el primer bolero,
la filóloga que nunca leyó el libro que se escribía en mi boca,
la chamaca que tumbó Madrid boca arriba en El Retiro,
la psicóloga que trenzada a mis piernas hablaba de Kant,
la porteña que secuestró su cuerpo en mi casa,
la bailarina que me robó una noche el cuarto,
la rubia que se quedó un pedazo de mí,
la morena que me quiso esperar sin esperar nada a cambio,
la isleña postiza que vino con un par de botas, un Oscar y un Rock n’ Roll,
Las amé a todas a una y
las perdí en ciento volando
por esta Ciudad de las Mujeres que hay
entre Borgo y Roma;
entre Torrelodones y Barcelona.
Y aunque la ciudad caiga que quede el recuerdo.
Que al menos una canción quede, un cartucho, una bala.
Que al menos quede una mujer.