Vista desde las escaleras del fondo de la estación de metro, la composición del cuadro era muy equilibrada, casi renacentista. Tú estabas en el centro, mirando hacia la pared dónde vomitaba tu amigo y yo te miraba a ti, desde las líneas amarillas que marcan el paso hacia las vías. La inmóvil escena duró apenas segundos y las decisiones se sucedieron tan rápidas que no hizo ni valer la pena arrepentirse de ellas. Tú te quedabas en el centro por no arruinar el cuadro; por no arruinarlo todo. Mi cuerpo tomó la decisión antes que yo y fue mi pie el que subió al vagón antes de que me diera cuenta.
Quedarme en aquel andén hubiera hecho que la decisión de dejarme tuvieras que tomarla tú. Y creo que yo no quería eso. Quizá no quería perder el poco poder que me quedaba sobre ti; quizá pensaba que forzándote sobre tu propio eje haría que estallaras de rabia y decepción mientras sonaba el cierre de las puertas y me veías desaparecer en el túnel. Quizá no me equivocaba.
Quedarme en aquel andén hubiera supuesto que no pudieras reprocharme nada. Hubiera supuesto no hacer el transbordo hasta la línea cuatro y no haber entrado a la discoteca.
Por eso cuando te volví a ver y nos cruzamos en un tren camino de una rutina desigual nos sentamos en vagones distintos. Nos miramos en sentidos distintos y no hablamos por no hacerlo más insoportable.
Por eso las decisiones que se toman en lo que tarda en salir el metro no siempre son las acertadas.