19
abr
10

Lo que tarda en salir un metro.

Vista desde las escaleras del fondo de la estación de metro, la composición del cuadro era muy equilibrada, casi renacentista. Tú estabas en el centro, mirando hacia la pared dónde vomitaba tu amigo y yo te miraba a ti, desde las líneas amarillas que marcan el paso hacia las vías. La inmóvil escena duró apenas segundos y las decisiones se sucedieron tan rápidas que no hizo ni valer la pena arrepentirse de ellas. Tú te quedabas en el centro por no arruinar el cuadro; por no arruinarlo todo. Mi cuerpo tomó la decisión antes que yo y fue mi pie el que subió al vagón antes de que me diera cuenta.

Quedarme en aquel andén hubiera hecho que la decisión de dejarme tuvieras que tomarla tú. Y creo que yo no quería eso. Quizá no quería perder el poco poder que me quedaba sobre ti; quizá pensaba que forzándote sobre tu propio eje haría que estallaras de rabia y decepción mientras sonaba el cierre de las puertas y me veías desaparecer en el túnel. Quizá no me equivocaba.

Quedarme en aquel andén hubiera supuesto que no pudieras reprocharme nada. Hubiera supuesto no hacer el transbordo hasta la línea cuatro y no haber entrado a la discoteca.

Por eso cuando te volví a ver y nos cruzamos en un tren camino de una rutina desigual nos sentamos en vagones distintos. Nos miramos en sentidos distintos y no hablamos por no hacerlo más insoportable.

Por eso las decisiones que se toman en lo que tarda en salir el metro no siempre son las acertadas.


1 Respuesta a “Lo que tarda en salir un metro.”


  1. 1 Otra víctima del metro
    20 abril 2010 a las 9:22

    [16. EDGAR QUINET]

    Los dos. Cogidos de la mano. Intuyendo los vértigos venideros,
    los congeladores vacíos, las tardes de supermercado, las noches de cine,
    la rutina afrodisíaca.

    Siempre hay una puerta que se abre. Otra que se encaja.
    Y en el andén, mientras todos permanecemos,
    ellos se separan y se vuelven los extremos del reloj. Puntuales.
    Modestos. Amables.

    No existe el fuego donde no hay deseo. Ni estímulos primarios.
    Ni compromiso estudiado. Ni intención de nada.

    La mitad visible y la invisible se separan. Los amantes.
    Ellos, que creyeron contar el uno con el otro,
    han destrozado todas las sábanas, todos los perfumes, todas las flores.

    Y han ido a parar al fondo del océano.
    Han contado minutos.
    Son precipicios enfrentados.

    Ya son andén. Ya son distancia.
    Ya no son nada.

    Poema contenido en “De ida y vuelta” (Difácil, 2006), de Sara Herrera Peralta.


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